
69 – Bruno Ochaíta & Javier Vila
EXPOSICIÓN
Sala Piti Cantalapiedra, Biblioteca Central de Cantabria, Santander
25 septiembre 2026 – 09 noviembre 2026
Organiza
La Caverna de la Luz / Mutta
Patrocina
Gobierno de Cantabria – Consejería de Cultura, Turismo y Deporte – Dirección General de Cultura
Impresiones fotográficas
David Mora – Le Pont Photo
Enmarcaciones
David Rodriguez Cruz – Cuadros Vicente
Montaje
Fomperosa Soluciones
CATÁLOGO
Edita
La Caverna de la Luz / Mutta
Colabora
Gobierno de Cantabria – Consejería de Cultura, Turismo y Deporte – Dirección General de Cultura
Textos
Marta Mantecón y Santiago Mazarrasa
Fotografías
Bruno Ochaíta y Javier Vila
Diseño
Bruno Ochaíta – Mutta Estudio
Impresión
Artefacto
Depósito legal:
SA 616-2026
© de las obras y los textos, sus autores

NO ES LO MISMO 69 QUE 6+9
Además de su connotación sexual maravillosa e irrevocable, el número 69 representa el equilibrio y la armonía. Como el Yin y el Yang, destaca por su capacidad de integrar opuestos para formar un todo dentro de su singular dualidad. Por eso, en este libro se recogen exactamente 69 imágenes de cada uno de los dos fotógrafos que lo conforman:
Bruno Ochaíta (Santander, 1980)
Javier Vila (Santander, 1961)
Bruno Ochaíta condensa todo en una reflexión: «elegir lo que se mira es una responsabilidad, como elegir lo que comes o consumes. La realidad depende de ello y se transforma. Yo uso la foto como ejercicio para convertir lo cotidiano en algo exótico. Mirar desde fuera. ¿Tú que miras?».
Javier Vila opta por unas reflexiones de Gonzalo Suarez, que explican su «método» mejor que él mismo: «Yo no creo en el tema, porque la vida no tiene tema, he optado por la anécdota».
Dos fotógrafos que utilizan la cámara desde puntos de partida diferentes, uno desde la creación artística, otro desde la libertad absoluta del fotógrafo aficionado. Pero los dos con un mismo posicionamiento ante el uso de la fotografía: es una manera de contar. De contarse. Y un mismo posicionamiento ante la vida: disfrutar de ella. Carpe diem.
Dos generaciones diferentes que enfocan el mundo desde puntos de vista complementarios. Javier Vila se mantiene a en los límites de la distancia social, con un objetivo de 35 milímetros, incluyendo el contexto de los personajes que le interesan de los mundos que recorre. Mientras que Bruno Ochaíta trasciende ese límite y se adentra en la distancia interpersonal, entrando en la vida de los personajes que retrata, del mundo en el que vive.
UNA FIESTA, CUATRO OJOS, UN JALEO.
La realidad es odiosa, impertinente, desordenada, desastrosa, un jaleo, una juerga de estímulos inoportunos, una jaula de pájaros que pían excitados y demandan atención, que invaden el espacio precario de quien atraviesa esta fiesta, la de lo real, con los ojos abiertos, con los ojos cansados, con la mirada arrastrada por el adoquín uniforme, consuelo de una forma de percepción acelerada, indiferente, casi ciega. La realidad es también sorda ante los ruegos; es todo aquello que no se pliega a la voluntad y se presenta cuando quiere, c mo quiere y, claro, sin permiso.
Ver es un acto pasivo, involuntario, los ojos que ven son dos agujeros por los que el mundo circula como un río que desborda su cauce. Los ojos que miran, en cambio, no: la suya es una mirada voluntaria, selectiva, propia, intransferible, es el producto de una elección personal, incomunicable, de motivaciones y causas desconocidas, de resultados impredecibles, pero de consecuencias siempre deseables. Porque una mirada personal a la fiesta del mundo escoge un fragmento, lo aparta del resto, lo limpia del ruido, lo eleva, lo salva de la corriente. Una mirada así conforma, sin quererlo, un mundo propio, una realidad que también es una fiesta —impertinente, desordenada, desastrosa, un jaleo— pero es la fiesta elegida, la propia, la preferida, la casa que los ojos eligen habitar. Que esta casa no tenga ni puertas niparedes, que no pueda cerrarse ni encerrar nada dentro no la hace menos acogedora: su capacidad para el consuelo permanece; la relación de sus habitantes con el mundo exterior, en cambio, se transforma. No en vano, una mirada personal crea sentido y, de sentido, la realidad está sedienta.
Será por eso que, en la fotografía, un hecho ordinario, una anécdota que estaba destinada a desaparecer en la oscurísima corriente de lo que olvidamos, adquiere una nueva categoría frente a lo real. Ya no es solo un fragmento extraído, sino la mónada que, en su cápsula, contiene el mundo entero y como tal lo refleja. Por eso, pueden hacérsele toda clase de preguntas, incluidas aquellas acerca del que mira, del dueño de la mirada y de ese mundo propio, ahora enmarcado. En la imagen elegida, por lo tanto, conviven el objeto contemplado, el sujeto que contempla y el mundo que entre ambos o de ambos emerge, que por muy parecido que sea, nunca será el mundo del que surgieron los tres, aunque el primero sea tan real —tan impertinente, tan desastroso, tan desordenado, un jaleo— como el primero.
Este catálogo lo conforman dos pares de ojos, dos casas que han elegido su pequeña parcela de lo real y han edificado durante dos décadas dos mundos propios que ahora se miran, confrontan, se dan la mano y la retiran. Tan similares en ocasiones, tan distantes en otras, las fotografías de Bruno Ochaíta y Javier Vila, sin su ancla, sin la firma, le devuelven al mundo toda su caótica potencia: una multitud de cuerpos, de gestos, de historias, de sangre, de aire y de luces. Le devuelven al mundo su imagen; una fiesta —impertinente, ruidosa, desordenada—, pero elegida, propia y verdadera. Por eso, los pájaros excitados de esta exposición pían satisfechos de habitar una casa doble por cuyos pasillos desfilan ahora cuerpos, gestos, luces y aire.
SANTIAGO MAZARRASA
EL ARCHIVO DESOBEDIENTE. LA MIRADA DILETANTE.
«Un fotógrafo aficionado y dos de sus amigos comentan una selección de fotos de todo el mundo». Este es el comienzo de la película Si j’avais quatre dromadaires (Si yo tuviera cuatro dromedarios)[i], realizada por Chris Marker en 1966. El título fue tomado de un poema de Apollinaire. Mientras la proyección avanza, los protagonistas abordan infinidad de temas relacionados con lo que vemos y con la fotografía que, para ellos, «pertenece al ámbito de lo doble». En su célebre ensayo Sobre la fotografía, Susan Sontag considera esta película como «una meditación brillantemente orquestada sobre fotografías de todo género y asunto»[ii]. Valora de manera especial el modo de construir el relato documental a partir de imágenes fijas que van asociándose una tras otra. Mientras que en un libro de fotos podemos manejar, hasta cierto punto, el orden y el tiempo de contemplación, en la película de Chris Marker es el propio montaje el que ejerce este control.
Algo parecido ocurre en este relato visual orquestado entre dos amigos que comparten una cierta forma de ver el mundo y de contarlo: Bruno Ochaita y Javier Vila. Dos archivos fotográficos, sin tema predeterminado, que entrecruzan distintos tiempos. En el caso de Bruno, la selección efectuada parte del momento en que empezó a hacer fotografía —algunas incluso proceden de negativos—, mientras que la de Javier comienza a finales de 2009, cuando inició el proyecto La Caverna de la Luz, y está compuesta íntegramente por tomas digitales. El montaje de las imágenes y sus insólitas asociaciones producen un ritmo que nos arrastra sin solución de continuidad, dando lugar a una propuesta lúdica e irreverente frente a las convenciones fotográficas, que rompe de manera deliberada con la corrección política. La provocación, sin embargo, no se encuentra necesariamente en cada una de las fotografías, sino en la forma de relacionarlas entre sí, ya sea mediante analogías o a través del choque frontal.
Los dos registran lo que ocurre a su alrededor. Hacen fotografías en la calle y retratan a gente desconocida, acaso buscando algo excepcional en el espacio público, en los lugares de trabajo y también en los de diversión, como las playas y los espacios paradisíacos que se repiten con frecuencia en sus composiciones. Al mismo tiempo, retratan su intimidad, las personas que aman, sus amistades y algunos animales («nuestra parte más irrefutable», como señala Chris Marker en la película citada). Según el crítico de cine Serge Daney «la condición sine qua non para que haya imagen es la alteridad»[iii], pero fotografiar al otro acaba revelando la propia identidad, incluso cuando no se autorretratan de forma literal, dado que cada uno de sus archivos constituye el puro reflejo de quienes están detrás de la cámara.
Bruno Ochaita realiza fotografías, bajo una perspectiva transgresora, con las que honra a su comunidad. Muestra su entorno cercano y los lugares donde disfruta de sus vacaciones y tiempo libre, su pasión por lo underground —lo que ya en sí mismo es toda una declaración de intenciones—, y cómo el placer y el deseo se confrontan con el dolor. Alguna vez ha manifestado que mirar para él es un «ejercicio transformador» que implica un constante proceso de interpretación. Javier Vila, por su parte, deja entrever —seguramente sin proponérselo— su conocimiento histórico de la disciplina fotográfica. Sus imágenes proceden de los viajes que ha realizado por distintos lugares de la geografía española, en particular el Cabo de Gata y el Mediterráneo, pero también por países como Grecia o Estados Unidos. A diferencia de Bruno, casi ninguna de las fotografías ha sido hecha en Cantabria. Sus composiciones muestran la vida sin filtros, unas veces compartiendo apuntes de su diario íntimo, inspirados por el amor y los afectos; otras veces, mostrándonos realidades más mundanas, como los American workers. La fotografía es para él un medio de expresión personal. Así lo ha defendido y divulgado, mostrando un compromiso admirable y sostenido en el tiempo. Su obra es un canto a la vida, a tomarla como viene y a disfrutar de ella con plenitud.
Más allá de sus diferencias, ambos comparten unos cuantos rasgos distintivos. Conscientes de que la imagen es siempre la que te alcanza, sus tomas son directas, espontáneas y hasta instintivas, sin códigos retóricos ni censuras de ningún tipo. Sus objetivos se detienen en momentos valiosos, en algunas ocasiones, llenos de intensidad. En otros casos parece que no pasa nada. Hay instantes decisivos y otros no tanto. Tal vez no siempre sea necesario involucrar cabeza, ojo y corazón en el punto de mira, tal como sentenció Henri Cartier-Bresson, sino las tripas u otras vísceras. Seguramente, el fotógrafo francés estuvo más afinado al describir este momento como el «reconocimiento simultáneo, en una fracción de segundo» de un hecho y de la organización rigurosa de las formas que expresan este hecho[iv].
En las composiciones de Bruno Ochaita y Javier Vila encontramos posados y robados. Imágenes casuales e imágenes construidas. A veces, existe un contacto visual con las personas retratadas. Otras, ignoran por completo el objetivo. Lo cotidiano se da la mano con lo inesperado e impredecible, la pulcritud técnica con lo imperfecto, la belleza con la abyección. El humor, lo extraño y lo absurdo están igualmente muy presentes. Todo un banquete semiótico. Se trata de jugar, experimentar, forzar nuevos puntos de vista, advertir lo extraordinario en lo ordinario y aprovechar las magias del azar. Sus imágenes son casi siempre divertidas y vibrantes, pero ese goce de vivir, en ciertos casos, colisiona de forma violenta con el sufrimiento, el abandono y la muerte. La intensidad de la alegría es directamente proporcional a la crueldad del saber, sostiene Clément Rosset; una crueldad que, según el filósofo, es doble, pues «por una parte, consiste en ser cruel y, por otra, en ser real»[v].
Por ahí resuenan Nan Goldin, con su intimidad descarnada, y Martin Parr, con su crónica implacable del turismo de masas en la sociedad de consumo, pero también William Eggleston, capaz de convertir lo banal en extraordinario; Joel Meyerowitz, con su maestría para encontrar en lo cotidiano una fuente inagotable de asociaciones visuales; o William Klein, con su mirada feroz en torno al caos urbano.
Tanto Bruno Ochaita como Javier Vila conocen bien el medio fotográfico, en el que se desenvuelven con soltura. Son observadores con capacidad de reacción e incluso de anticipación, además de confianza, atrevimiento, curiosidad y suerte. Sabemos que toda buena fotografía contiene muchas imágenes a la vez. El artista fotógrafo y el fotógrafo aficionado nunca han dejado de nutrirse; sin embargo, pese a su experiencia, puede que se sientan más cerca —al menos desde el punto de vista emocional— de los amateurs (etimológicamente, los que aman) puesto que, de acuerdo con la formulación de Clément Chéroux en el ensayo La fotografía vernácula, «el amateur es un diletante»[vi]. Es probable que esta distinción no sea tan importante. O quizá sí. Lo que parece claro es que prescindir de etiquetas solemnes les libera de lo normativo, de algunas convenciones éticas y hasta de la complacencia estética. La desobediencia frente al canon con sus criterios de legitimidad es la mejor apuesta por la libertad.
Para el historiador del arte Georges Didi-Huberman. la imagen es siempre portadora de una «malicia» que hace que se resista a una interpretación unívoca y, consecuentemente, nos obliga a seguir interrogándonos sobre ella[vii]. Por otro lado, nunca llegamos a ver las cosas del todo (o no con la atención que requieren). Además, los significados rara vez son evidentes y ocultan mucho más de lo que muestran e incluso pueden poner en crisis nuestra forma de mirar. Es más, cuando tratas de interpretar, muchas veces el sentido parece alejarse o, como dijo Diane Arbus, una fotografía es un secreto sobre otro: «Cuanto más te cuenta, menos sabes»[viii]. Las imágenes de Bruno Ochaita y Javier Vila, aparentemente desenfadadas y hasta canallas, no se entregan a una lectura inmediata y se resisten a buscar la complacencia del espectador pues, sumidos como estamos en tiempos de letargo, lo urgente es despertar la imaginación, producir el choque cognitivo y volver a sintonizar con la vida. Frente a la hipertrofia de imágenes ultraprocesadas que nos invade, cada una de estas fotografías es como una chispa que despierta una emoción, una carcajada o unas lágrimas. Podemos reconocernos en ellas. Contra el individualismo como obligación, estos amigos apuestan por la complicidad y el encuentro. Tal vez, como manifestó Nan Goldin en la película documental All the Beauty and the Bloodshed (La belleza y el dolor), la fotografía no sea otra cosa que «un destello de euforia»[ix].
MARTA MANTECÓN
[i] Chris Marker (dir.): Si j’avais quatre dromadaires [Si tuviera cuatro dromedarios]. Francia, 1966. Documental. 49 minutos.
[ii] Susan Sontag: Sobre la fotografía. Alfaguara, Ciudad de México, 2006. p. 18.
[iii] Serge Daney, citado en Régis Debray: Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente. Paidós, Barcelona, 1994. p. 251.
[iv] Henri Cartier-Bresson: Fotografiar del natural. Gustavo Gili, Barcelona, 2009. p. 29.
[v] Clément Rosset: El principio de crueldad. Pre-Textos, Valencia, 2008. p. 22.
[vi] Clément Chéroux: «El experto y el usuario. Ubicuidad del amateurismo fotográfico», en La fotografía vernácula. Serieve, Ciudad de México, 2014. p. 63.
[vii] Georges Didi-Huberman: «La imagen-malicia. Historia del arte y rompecabezas del tiempo», en Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes. Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2011. pp. 137-237.
[viii] Diane Arbus: «Cinco fotografías de Diane Arbus», en Artforum. 1/4/1971.
[ix] Laura Poitras (dir.): All the Beauty and the Bloodshed [La belleza y el dolor]. Estados Unidos, 2022. Documental. 113 minutos. Es curioso, porque la primera definición de la palabra “euforia” en la RAE dice así: f. Entusiasmo o alegría intensos, con tendencia al optimismo. La euforia de los aficionados.


Reseña de Guillermo Balbona en el suplemento cultural Sotileza, de El Diario Montañés, del 18-09-2026

Reseña en el Diario Montañés el día de la inauguración de la exposición en la Biblioteca Central de Cantabria

Reseña en el Diario Montañés el dia siguiente a la inauguración en la BCC